Blogia
coleydeporte

Apoyo

Próximo capítulo: ¡Las seres de números! Apoyo 4º (Matemáticas). 18-11-08.

Lista de números 1
Empezando en 1, completa los números que faltan.

 

______2,3,4,______6,7,__________________
11,____________14,____________17,______19,20,
____________23,24,______________________________30,
______32,______________________________38,39,40,
______42,______44,______________________________50,
51,______53,______55,56,57,______59,60,
____________63,64,65,66,67,____________70,
__________________74,____________77,____________80,
____________83,84,______86,____________89,______
91,________________________96,97,__________________

El circo es un gran apoyo para mí. Apoyo 3º 18-11-08.

 

EL CIRCO

Cerca de la casa de Alicia se ha instalado un circo. Día tras día ha ido observando cómo levantaban la gran carpa de colores. En grandes camiones han traído toda clase de animales encerrados en inmensas jaulas. Todos están allí, desde los alegres monos hasta los rugientes leones.

La plaza se ha llenado de actividad. Payasos, acróbatas y domadores ensayan para el gran día, Alicia , como nunca ha ido al circo, espera ansiosa la inauguración.

HAZ UN DIBUJO SOBRE LA LECTURA.

MARCA CON UNA CRUZ LA FRASE QUE SEA CIERTA.

La gallina tiene cuatro patas.

Los pájaros vuelan.

En invierno hace mucho calor.

El helado está frío.

Los gatos ladran.

Las ciruelas son frutas.

Los peces vuelan.

El perro es un animal salvaje.

El pantalón es una prenda de vestir.

El martillo es para cortar.

CONTESTA LAS PREGUNTAS.

  1. ¿Qué se ha instalado cerca de la casa de Alicia?

  1. ¿Qué observaba ella?

  1. ¿En qué han traído los animales?

  1. ¿Qué animales había?

  1. ¿Quiénes había en la plaza?

  1. ¿Qué hacían ellos?

  1. ¿Cómo se llama la niña?

  1. ¿Había ido alguna vez al circo?

  1. ¿Cómo esperaba ella la inauguración?

  1. Tú has ido alguna vez al circo?

11. ¿Qué es lo más que te gusta de los circos?

NOMBRA TODOS LOS ANIMALES QUE HAY EN UN CIRCO.

SUBRAYA EN LA LECTURA, CON COLOR VERDE, LAS PALABRAS QUE NO CONOZCAS Y BÚSCALAS EN EL DICCIONARIO.

SUBRAYA LOS VERBOS CON COLOR ROJO.

ESCRIBE LOS VERBOS QUE APARECEN EN LA LECTURA EN PRESENTE.

COMPLETA LA LECTURA.

Cerca de la casa de Alicia, se ......................................... un circo. Día tras día ........................................................... como ............................ la gran carpa de colores. En grandes camiones.......................................... toda clase de animales encerrados en inmensas jaulas. Todos.... ........................... allí desde los alegres monos hasta los rugientes leones.

La plaza se.................................. de actividad. Payasos, acróbatas y domadores ........................... para el gran día. Alicia, como nunca........................... al circo, ........................ ansiosa la inauguración.

ESCRIBE LA LECTURA QUE HAS LEÍDO.

 

 Entra en el siguiente enlace, si quieres escuchar el cuento que has leído.

(Baja la página que aparece y pincha en el altavoz que encontrarás. Hazlo siempre guiado por tu maestro/a, haciendo caso a todas sus explicaciones).

Escuchar cuento.

 

¡Leer nos ayuda a ser responsables! Apoyo. 17-11-08.

Matías tenía doce años, era hijo único y muy, pero muy caprichoso. Como no tenía la suerte de tener hermanitos, no había aprendido lo que era compartir. Estaba muy acostumbrado a hacer siempre su voluntad y a que sus caprichos siempre fueran cumplidos.
Sus papás eran muy buenos, pero a veces el amor mal entendido y mal distribuido hace cometer errores.
Matías no era un niño muy colaborador ni responsable. Estaba acostumbrado a que su mamá le preparara la mochila, le hiciera la leche, le preparara la ropa, etc. En el colegio también pretendía hacer su voluntad y que los chicos jugaran siempre a lo que él quería, pero claro, allí no era lo mismo y por eso no tenía demasiados amigos ni en el colegio ni en otra parte tampoco.
Lógicamente, se sentía un poco solo y pasaba mucho tiempo en la computadora, mucho realmente, cosa que tampoco está del todo bien. Sus papás estaban preocupados porque querían que tuviera más amigos, pero por más que invitaban a algunos chicos del colegio a su casa, no eran demasiados los que aceptaban la invitación.
Un día, Matías se levantó más caprichoso que de costumbre. Mientras tomaba el desayuno, les dijo a sus papás:

—¡Quiero tener un perro! ¡Hoy mismo!
Los papás se miraron sin saber qué decir y no muy convencidos de la idea, pero realmente les costaba decirle que no a algo.
—Mati —dijo la mamá—, tener un perro no es algo sencillo, requiere muchos cuidados y responsabilidad, trabajo, amor, dedicación.
—¡No me importa, quiero un perro, estoy solo y quiero un perro que me acompañe!
—¿Y quién lo va a cuidar? ¿Quién lo va a sacar a pasear, quién va a juntar sus necesidades en una bolsita, quién va a hacerse cargo de él? ¿Vos? —intervino el papá.
—¿Por qué no? Yo ya soy grande, puedo hacerlo.
—Mati, ¿ni siquiera te preparás la mochila del cole y querés hacerte cargo de un perro? —le dijo su mamá.
—¿No se dan cuenta de que estoy solo, de que casi no tengo amigos? ¡Quiero un perro y lo quiero hoy!
Cuando Matías se fue al colegio, sus papás se quedaron muy preocupados. No tanto por el capricho del perro, sino por la soledad de su hijo.

Sin estar del todo convencidos de que Matías verdaderamente se haría cargo de su mascota, como de costumbre cumplieron su capricho y cuando volvió del colegio, Matías ya tenía un hermoso cachorrito que sus papás no habían demorado en adoptar. Era un perrito hermoso y desvalido que se había quedado sin hogar,  pero gracias a la generosidad de los vecinos a los cuales consultaron los papás de Matías, pronto el perrito encontró una nueva familia .
Matías se alegró de verdad al ver al cachorro, lo abrazó y también abrazó a sus papás, dándoles las gracias.
—Bueno, Mati, el perrito es todo tuyo, acordáte de que vos dijiste que te harías cargo, así que vos solito lo vas a cuidar, ¿entendido? —dijo su papá.
—Sí, Papi, no habrá problemas.
Mati se fue a su cuarto con su nuevo amigo. Al rato bajó la escalera corriendo y con cara de pocos amigos. Como buen cachorrito, Bartolo (ese era el nombre del perrito) había agarrado la mochila del colegio de Mati y la había transportado por toda la casa hasta destrozarla.
—¡¡¡Mamaaaaaaá!!!! ¡¡¡Bartolo rompió mi mochila!!!
Esa fue la primera de un montón de frases que empezaron a oírse en la casa.
—¡Mamá, Bartolo ensució adentro! ¡Bartolo se subió a la mesa! ¡Bartolo me comió la merienda! —y así todo el día: Bartolo, Bartolo, Bartolo.
Los papás de Matías trataron de mantenerse firmes y cada vez que su hijo se quejaba por algo que hacía su pequeño perrito, ellos le recordaban que el responsable de educar al animal no era ni más ni menos que él. Y así fue que se empezaron a oír otras frases:

—Tenés que sacarlo a pasear para que tome aire y se canse un poquito.
—Tenés que llevar bolsitas y recoger lo que deja en la vereda.
—Lleválo al veterinario que le toca la vacuna.
—No dejes a mano comida tuya porque se la come y le hace mal.
—Tampoco le des golosinas, los perros no pueden comer cosas dulces.
—Dale las vitaminas que todavía es chiquito.

Y así durante mucho, mucho tiempo.
No hace falta decir que Mati no cumplió con ninguna de estas responsabilidades, que jamás se hizo realmente cargo de lo que había pedido, o sea, su perrito, que –a pesar de lo que le habían dicho sus papás– no tomó conciencia de que un perro o cualquier mascota requiere un cuidado responsable y cariñoso de su dueño. Tanto así fue que los papás tomaron una triste decisión: buscarían otra familia para Bartolo, una que  pudiera realmente hacerse cargo de él como era debido y sólo cuando la hubiesen encontrado, se lo darían para que ellos sí lo cuidase como realmente correspondía.
Esta vez, de nada sirvieron las excusas de Matías ni su llanto. Bartolo se iría.
Como muchas, muchísimas personas, Matías recién tomó conciencia de lo que tenía cuando estaba a punto de perderlo. Por primera vez en su cortita pero caprichosa vida se puso a pensar en otro ser que no fuera él. Se dio cuenta de que no había cuidado a Bartolo como hubiese debido, como se había comprometido a hacerlo. También pensó que seguramente, el cachorro, como sus papás y tantas otras personas, habían sufrido a raíz de su comportamiento y que no había sido responsable ni del perrito ni de ninguna otra cosa en su vida,  que siempre los demás habían hecho todo por él.
Matías pidió una última oportunidad. No sólo quería probarles a sus papás que podía cambiar. Necesitaba probárselo a sí mismo y, por qué no, a Bartolo también.
Y la tuvo. No fue fácil, pero con el tiempo aprendió a ser responsable. Bartolo fue su primer desafío y lo cumplió muy bien. Matías le enseñó muchas cosas a su perrito: a dar la patita, a tirar y traerle un huesito, también una pelota y hasta a llevarle el diario al papá En fin… un montón de cosas. Pero mucho, mucho más le enseñó Bartolo a Matías, aunque ninguno de los dos se diera cuento.

Para pensar un poquito:

- ¿Eres caprichoso?
- ¿Te das cuenta que debes hacerte cargo de las cosas que les pides a los mayores en casa?
- ¿Eres conciente que, aún siendo chiquito, tienes responsabilidades que cumplir?
- ¿Te cuesta ser responsable? En este caso ¿pides ayuda a tu familia?

Si quieres escuchar la lectura, entra en el siguiente enlace: javascript:void(0);

Apoyo 3º de Primaria. Matemáticas, 13-11-08.

Apoyo 3º de Primaria. Matemáticas, 13-11-08.

¡Números y problemas!

Entra en el siguiente enlace pinchando en la carita que viene a continuación:

Sonrisa

Ahora, haz las actividades que te indica tu maestro/a para repasar los números y problemas.

Recuerda:

(Recuerda que sólo podrás entrar en las páginas que te diga el/la maestro/a, y que tendrás que seguir los pasos con mucho orden y atención=

¡El país de las cifras!

Entra en el siguiente enlace y realiza las actividades que se te van indicando:

Ticblog.

NOTA: entra en el apartado haciéndo números y escucha las indicaciones para poder realizar los ejercicios.

¡Un hueso que canta!

Apoyo 3º y 4º.

Lee este cuento con tu maestro/a, y hablad sobre él.

El hueso cantor.

 El hueso cantor

Había una vez gran alarma en un país por causa de un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y despanzurraba a las personas a colmillazos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda que nadie se atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel que capturase o diese muerte a la alimaña.
Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino, hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor, astuto y listo, lo hizo por soberbia; el menor, que era ingenuo y tonto, movido por su buen corazón. Dijo el Rey:

-Para estar seguros de encontrar el animal, entrarán en el bosque por los extremos opuestos.

El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, se le acercó un hombrecillo que llevaba en la mano una lanza corta, y le dijo:

-Te doy este venablo porque tu corazón es inocente y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te hará daño alguno.

El mozo dio las gracias al hombrecillo y, echándose el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera, que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, y el animal, en su rabia loca, embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla al Rey.

Al salir del bosque por el lado opuesto, se detuvo en la entrada de una casa donde había mucha gente que se divertía bailando y empinando el codo. Allí estaba también su hermano mayor; había pensado que el jabalí no iba a escapársele, y que primero podría tomarse unos traguitos. Al ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.

-Ven, hermano -le dijo, llamándolo-, descansarás un poco y te reanimarás con un vaso de vino. El pequeño, que no pensaba mal, entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina para matar el jabalí. El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Lo enterró bajo el puente y, cargando con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no regresara el hermano, dijo:

-Seguramente que el animal lo habrá despedazado -y todo el mundo lo creyó así.

Pero como a Dios nada le queda oculto, también aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su cuerno. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:

-Ay, amable pastorcillo, que tocas con mi huesecillo. Mi hermano me ha matado y bajo este puente enterrado. El jabalí se llevaba y la princesa me robaba.

-¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo! -se dijo el pastor-. Voy a llevarlo al Señor Rey.

No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para que muriera ahogado. Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio, en una hermosa sepultura, y allí reposan en santa paz. 

Anónimo

¡Cada cosa en su sitio,..., y la lectura en todas partes!

Lee este cuento, y luego habla sobre él con tu maestrto/a:

Apoyo para 3º y 4º.

Cada cosa en su sitio.

Castillo

Hace de esto más de cien años.

Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se levantaba un viejo palacio, rodeado por un profundo foso en el que crecían cañaverales, juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se inclinaban sobre las cañas.

Desde el valle llegaban sones de cuernos y trotes de caballos; por eso la zagala se daba prisa en sacar los gansos del puente antes de que llegase la partida de cazadores. Venía ésta a todo galope, y la muchacha hubo de subirse de un brinco a una de las altas piedras que sobresalían junto al puente, para no ser atropellada. Era casi una niña, delgada y flacucha, pero en su rostro brillaban dos ojos maravillosamente límpidos. Mas el noble caballero no reparó en ellos; a pleno galope, blandiendo el látigo, por puro capricho dio con él en el pecho de la pastora, con tanta fuerza que la derribó.

-¡Cada cosa en su sitio! -exclamó-. ¡El tuyo es el estercolero! -y soltó una carcajada, pues el chiste le pareció gracioso, y los demás le hicieron coro. Todo el grupo de cazadores prorrumpió en un estruendoso griterío, al que se sumaron los ladridos de los perros. Era lo que dice la canción:

«¡Borrachas llegan las ricas aves!».

Dios sabe lo rico que era.

La pobre muchacha, al caer, se agarró a una de las ramas colgantes del sauce, y gracias a ella pudo quedar suspendida sobre el barrizal. En cuanto los señores y la jauría hubieron desaparecido por la puerta, ella trató de salir de su atolladero, pero la rama se quebró, y la muchachita cayó en medio del cañaveral, sintiendo en el mismo momento que la sujetaba una mano robusta. Era un buhonero, que, habiendo presenciado toda la escena desde alguna distancia, corrió en su auxilio.

-¡Cada cosa en su sitio! -dijo, remedando al noble en tono de burla y poniendo a la muchacha en un lugar seco. Luego intentó volver a adherir la rama quebrada al árbol; pero eso de «cada cosa en su sitio» no siempre tiene aplicación, y así la clavó en la tierra reblandecida-. Crece si puedes; crece hasta convertirte en una buena flauta para la gente del castillo.

Con ello quería augurar al noble y los suyos un bien merecido castigo. Subió después al palacio, aunque no pasó al salón de fiestas; no era bastante distinguido para ello. Sólo le permitieron entrar en la habitación de la servidumbre, donde fueron examinadas sus mercancías y discutidos los precios. Pero del salón donde se celebraba el banquete llegaba el griterío y alboroto de lo que querían ser canciones; no sabían hacerlo mejor. Resonaban las carcajadas y los ladridos de los perros. Se comía y bebía con el mayor desenfreno. El vino y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los canes favoritos participaban en el festín; los señoritos los besaban después de secarles el hocico con las largas orejas colgantes. El buhonero fue al fin introducido en el salón, con sus mercancías; sólo querían divertirse con él. El vino se les había subido a la cabeza, expulsando de ella a la razón. Le sirvieron cerveza en un calcetín para que bebiese con ellos, ¡pero deprisa! Una ocurrencia por demás graciosa, como se ve. Rebaños enteros de ganado, cortijos con sus campesinos fueron jugados y perdidos a una sola carta.

-¡Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero cuando hubo podido escapar sano y salvo de aquella Sodoma y Gomorra, como él la llamó-. Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no allá arriba.

Y desde el vallado se despidió de la zagala con un gesto de la mano.

Pasaron días y semanas, y aquella rama quebrada de sauce que el buhonero plantara junto al foso, seguía verde y lozana; incluso salían de ella nuevos vástagos. La doncella vio que había echado raíces, lo cual le produjo gran contento, pues le parecía que era su propio árbol.

Y así fue prosperando el joven sauce, mientras en la propiedad todo decaía y marchaba del revés, a fuerza de francachelas y de juego: dos ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar el carro.

No habían transcurrido aún seis años, cuando el noble hubo de abandonar su propiedad convertido en pordiosero, sin más haber que un saco y un bastón. La compró un rico buhonero, el mismo que un día fuera objeto de las burlas de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron cerveza en un calcetín. Pero la honradez y la laboriosidad llaman a los vientos favorables, y ahora el comerciante era dueño de la noble mansión. Desde aquel momento quedaron desterrados de ella los naipes.

-¡Mala cosa! -decía el nuevo dueño-. Viene de que el diablo, después que hubo leído la Biblia, quiso fabricar una caricatura de ella e ideo el juego de cartas.

El nuevo señor contrajo matrimonio -¿con quién dirías?- Pues con la zagala, que se había conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus nuevos vestidos aparecía tan pulcra y distinguida como si hubiese nacido en noble cuna. ¿Cómo ocurrió la cosa? Bueno, para nuestros tiempos tan ajetreados sería ésta una historia demasiado larga, pero el caso es que sucedió; y ahora viene lo más importante.

En la antigua propiedad todo marchaba a las mil maravillas; la madre cuidaba del gobierno doméstico, y el padre, de las faenas agrícolas. Llovían sobre ellos las bendiciones; la prosperidad llama a la prosperidad. La vieja casa señorial fue reparada y embellecida; se limpiaron los fosos y se plantaron en ellos árboles frutales; la casa era cómoda, acogedora, y el suelo, brillante y limpísimo. En las veladas de invierno, el ama y sus criadas hilaban lana y lino en el gran salón, y los domingos se leía la Biblia en alta voz, encargándose de ello el Consejero comercial, pues a esta dignidad había sido elevado el ex-buhonero en los últimos años de su vida. Crecían los hijos - pues habían venido hijos -, y todos recibían buena instrucción, aunque no todos eran inteligentes en el mismo grado, como suele suceder en las familias.

La rama de sauce se había convertido en un árbol exuberante, y crecía en plena libertad, sin ser podado. –

-¡Es nuestro árbol familiar! -decía el anciano matrimonio, y no se cansaban de recomendar a sus hijos, incluso a los más ligeros de cascos, que lo honrasen y respetasen siempre.

Y ahora dejamos transcurrir cien años.

Estamos en los tiempos presentes. El lago se había transformado en un cenagal, y de la antigua mansión nobiliaria apenas quedaba vestigio: una larga charca, con unas ruinas de piedra en uno de sus bordes, era cuanto subsistía del profundo foso, en el que se levantaba un espléndido árbol centenario de ramas colgantes: era el árbol familiar. Allí seguía, mostrando lo hermoso que puede ser un sauce cuando se lo deja crecer en libertad. Cierto que tenía hendido el tronco desde la raíz hasta la copa, y que la tempestad lo había torcido un poco; pero vivía, y de todas sus grietas y desgarraduras, en las que el viento y la intemperie habían depositado tierra fecunda, brotaban flores y hierbas; principalmente en lo alto, allí donde se separaban las grandes ramas, se había formado una especie de jardincito colgante de frambuesas y otras plantas, que suministran alimento a los pajarillos; hasta un gracioso acerolo había echado allí raíces y se levantaba, esbelto y distinguido, en medio del viejo sauce, que se miraba en las aguas negras cada vez que el viento barría las lentejas acuáticas y las arrinconaba en un ángulo de la charca. Un estrecho sendero pasaba a través de los campos señoriales, como un trazo hecho en una superficie sólida.

En la cima de la colina lindante con el bosque, desde la cual se dominaba un soberbio panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso y suntuoso, con cristales tan transparentes, que se habría dicho que no los había. La gran escalinata frente a la puerta principal parecía una galería de follaje, un tejido de rosas y plantas de amplias hojas. El césped era tan limpio y verde como si cada mañana y cada tarde alguien se entretuviera en quitar hasta la más ínfima brizna de hierba seca. En el interior del palacio, valiosos cuadros colgaban de las paredes, y había sillas y divanes tapizados de terciopelo y seda, que parecían capaces de moverse por sus propios pies; mesas con tablero de blanco mármol y libros encuadernados en tafilete con cantos de oro… Era gente muy rica la que allí residía, gente noble: eran barones.
Reinaba allí un gran orden, y todo estaba en relación con lo demás. «Cada cosa en su sitio», decían los dueños, y por eso los cuadros que antaño habrían adornado las paredes de la vieja casa, colgaban ahora en las habitaciones del servicio. Eran trastos viejos, en particular aquellos dos antiguos retratos, uno de los cuales representaba un hombre en casaca rosa y con enorme peluca, y el otro, una dama de cabello empolvado y alto peinado, que sostenía una rosa en la mano, rodeados uno y otro de una gran guirnalda de ramas de sauce. Los dos cuadros presentaban numerosos agujeros, producidos por los baronesitos, que los habían tomado por blanco de sus flechas. Eran el Consejero comercial y la señora Consejera, los fundadores del linaje.

-Sin embargo, no pertenecen del todo a nuestra familia -dijo uno de los baronesitos-. Él había sido buhonero, y ella, pastora. No eran como papá y mamá.

Aquellos retratos eran trastos viejos, y «¡cada cosa en su sitio!», se decía; por eso el bisabuelo y la bisabuela habían ido a parar al cuarto de la servidumbre.

El hijo del párroco estaba de preceptor en el palacio. Un día salió con los señoritos y la mayor de las hermanas, que acababa de recibir su confirmación. Iban por el sendero que conducía al viejo sauce, y por el camino la jovencita hizo un ramo de flores silvestres. «Cada cosa en su sitio», y de sus manos salió una obra artística de rara belleza. Mientras disponía el ramo, escuchaba atentamente cuanto decían los otros, y sentía un gran placer oyendo al hijo del párroco hablar de las fuerzas de la Naturaleza y de la vida de grandes hombres y mujeres. Era una muchacha de alma sana y elevada, de nobles sentimientos, y dotada de un corazón capaz de recoger amorosamente cuanto de bueno había creado Dios.

Se detuvieron junto al viejo sauce. El menor de los niños pidió que le fabricasen una flauta, como las había tenido ya de otros sauces, y el preceptor rompió una rama del árbol.

-¡Oh, no lo hagáis! -dijo la baronesita; pero ya era tarde- ¡Es nuestro viejo árbol famoso! Lo quiero mucho. En casa se me ríen por eso, pero me da lo mismo. Hay una leyenda acerca de ese árbol…

Y contó cuanto había oído del sauce, del viejo castillo, de la zagala y el buhonero, que se habían conocido en aquel lugar y eran los fundadores de la noble familia de la baronesita.

-No quisieron ser elevados a la nobleza; eran probos e íntegros -dijo-. Tenían por lema: «Cada cosa en su sitio», y temían sentirse fuera de su sitio si se dejaban ennoblecer por dinero. Su hijo, mi abuelo, fue el primer barón; tengo entendido que fue un hombre sabio, de gran prestigio y muy querido de príncipes y princesas, que lo invitaban a todas sus fiestas. A él va la admiración de mi familia, pero yo no sé por qué los viejos bisabuelos me inspiran más simpatía. ¡Qué vida tan recogida y patriarcal debió de llevarse en el viejo palacio, donde el ama hilaba en compañía de sus criadas, y el anciano señor leía la Biblia en voz alta!

-Fueron gente sensata y de gran corazón -asintió el hijo del párroco; y de pronto se encontraron enzarzados en una conversación sobre la nobleza y la burguesía, y casi parecía que el preceptor no formaba parte de esta última clase, tal era el calor con qué encomiaba a la primera.

-Es una suerte pertenecer a una familia que se ha distinguido, y, por ello, llevar un impulso en la sangre, un anhelo de avanzar en todo lo bueno. Es magnífico llevar un apellido que abra el acceso a las familias más encumbradas. Nobleza es palabra que se define a sí misma, es la moneda de oro que lleva su valor en su cuño. El espíritu de la época afirma, y muchos escritores están de acuerdo con él, naturalmente, que todo lo que es noble ha de ser malo y disparatado, mientras en los pobres todo es brillante, tanto más cuanto más se baja en la escala social. Pero yo no comparto este criterio, que es completamente erróneo y disparatado. En las clases superiores encontramos muchos rasgos de conmovedora grandeza; mi padre me contó uno, al que yo podría añadir otros muchos. Un día se encontraba de visita en una casa distinguida de la ciudad, en la que según tengo entendido, mi abuela había criado a la señora. Estaba mi madre en la habitación, al lado del noble y anciano señor, cuando éste se dio cuenta de una mujer de avanzada edad que caminaba penosamente por el patio apoyada en dos muletas. Todos los domingos venía a recoger unas monedas. «Es la pobre vieja -dijo el señor-. ¡Le cuesta tanto andar!». Y antes de que mi madre pudiera adivinar su intención, había cruzado el umbral y corría escaleras abajo, él, Su Excelencia en persona, al encuentro de la mendiga, para ahorrarle el costoso esfuerzo de subir a recoger su limosna. Es sólo un pequeño rasgo, pero, como el óbolo de la viuda, resuena en lo más hondo del corazón y manifiesta la bondad de la naturaleza humana; y éste es el rasgo que debe destacar el poeta, y más que nunca en nuestro tiempo, pues reconforta y contribuye a suavizar diferencias y a reconciliar a la gente. Pero cuando una persona, por ser de sangre noble y poseer un árbol genealógico como los caballos árabes, se levanta como éstos sobre sus patas traseras y relincha en las calles y dice en su casa: «¡Aquí ha estado gente de la calle!», porque ha entrado alguien que no es de la nobleza, entonces la nobleza ha degenerado, ha descendido a la condición de una máscara como aquélla de Tespis; todo el mundo se burla del individuo, y la sátira se ensaña con él.

Tal fue el discurso del hijo del párroco, un poco largo, y entretanto había quedado tallada la flauta.

Había recepción en el palacio. Asistían muchos invitados de los alrededores y de la capital, y damas vestidas con mayor o menor gusto. El gran salón pululaba de visitantes. Reunidos en un grupo se veía a los clérigos de la comarca, retirados respetuosamente en un ángulo de la estancia, como si se preparasen para un entierro, cuando en realidad aquello era una fiesta, sólo que aún no había empezado de verdad.

Había de darse un gran concierto; para ello, el baronesito había traído su flauta de sauce, pero todos sus intentos y los de su padre por arrancar una nota al instrumento habían sido vanos, y, así, lo habían arrinconado por inútil.

Se oyó música y canto de la clase que más divierte a los ejecutantes, aunque, por lo demás, muy agradable.

-¿También usted es un virtuoso? -preguntó un caballero, un auténtico hijo de familia-. Toca la flauta y se la fabrica usted mismo. Es el genio que todo lo domina, y a quien corresponde el lugar de honor. ¡Dios nos guarde! Yo marcho al compás de la época, y esto es lo que procede. ¿Verdad que va a deleitarnos con su pequeño instrumento?

Y alargando al hijo del párroco la flauta tallada del sauce de la charca, con voz clara y sonora anunció a la concurrencia que el preceptor de la casa los obsequiaría con un solo de flauta,

Fácil es comprender que se proponían burlarse de él, por lo que el joven se resistía, a pesar de ser un buen flautista. Pero tanto insistieron y lo importunaron, que, cogiendo el instrumento, se lo llevó a sus labios.

Era una flauta maravillosa. Salió de ella una nota prolongada, como el silbido de una locomotora, y más fuerte aún, que resonó por toda la finca, y, más allá del parque y el bosque, por todo el país, en una extensión de millas y millas; y al mismo tiempo se levantó un viento tempestuoso, que bramó: «¡Cada cosa en su sitio!».

Y ya tienen a papá volando, como llevado por el viento, hasta la casa del pastor, y a éste volando al palacio, aunque no al salón, pues en él no podía entrar, pero sí en el cuarto de los criados, donde quedó en medio de toda la servidumbre; y aquellos orgullosos lacayos, en librea y medias de seda quedaron como paralizados de espanto, al ver a un individuo de tan humilde categoría sentado a la mesa entre ellos.

En el salón, la baronesita fue trasladada a la cabecera de la mesa, el puesto principal, y a su lado vino a parar el hijo del párroco, como si fueran una pareja de novios. Un anciano conde de la más rancia nobleza del país permaneció donde estaba, en su lugar de honor, pues la flauta era justa, como se debe ser. El caballero chistoso, aquel hijo de familia que había provocado la catástrofe, voló de cabeza al gallinero, y no fue él solo.

El son de la flauta se oía a varias leguas a la redonda, y en todas partes ocurrían cosas extrañas. Una rica familia de comerciantes, que usaba carroza de cuatro caballos, se vio arrojada del carruaje; ni siquiera le dejaron un puesto detrás. Dos campesinos acaudalados, que en nuestro tiempo habían adquirido muchos bienes además de sus campos propios, fueron a dar con sus huesos en un barrizal. ¡Era una flauta peligrosa! Afortunadamente, reventó a la primera nota, y suerte hubo de ello. Entonces volvió al bolsillo. ¡Cada cosa en su sitio!

Al día siguiente no se hablaba ya de lo sucedido; de ahí viene la expresión: «Guardarse la flauta». Todo volvió a quedar como antes, excepto que los dos viejos retratos, el del buhonero y el de la pastora, fueron colgados en el gran salón, al que habían sido llevados por la ventolera; y como un entendido en cosas de arte afirmara que se trataba realmente de obras maestras, quedaron definitivamente en el puesto de honor. Antes se ignoraba su mérito, ¿cómo iba a saberse?

Pero desde aquel día presidieron el salón: «Cada cosa en su sitio», y ahí lo tienen. Larga es la eternidad, más larga que esta historia.

Hans Christian Andersen 

Realiza las siguientes cuentas de multiplicar. 3º.

Hoja de ejercicios 3
Multiplicar

 

1 a.   
966 
x     
 

 
 
1 b.   
599 
x   10 
 

 
 
1 c.   
319 
x     
 

 
 
2 a.   
888 
x     
 

 
 
2 b.   
845 
x     
 

 
 
2 c.   
24 
x   
 

 
 
3 a.   
357 
x     
 

 
 
3 b.   
538 
x     
 

 
 
3 c.   
990 
x   10 
 

 
 
4 a.   
907 
x     
 

 
 
4 b.   
166 
x     
 

 
 
4 c.   
587 
x     
 

 
 
 
5 b.   
997 
x   10 
 

 
 
5 c.   
977 
x     
 

 
 
6 a.   
850 
x     
 

 
 
6 b.   
789 
x     
 

 
 
6 c.   
118 
x     
 

 
 

Apoyo 3º de Primaria. Matemáticas, 16-10-08.

Repaso de números de tres cifras. Haz las siguientes actividades en tu cuaderno de matemáticas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

NÚMEROS DE TRES CIFRAS

Escribe:

8 D, 5 U: _______________________

1 D, 2 U: _______________________

6 C, 4 D, 0 U: _______________________

3 C, 2 D, 9 U: _______________________

2 C, 0 D, 1 U: _______________________

7 C, 0 D, 0 U: _______________________

Compara y coloca < o >:

35 - 72 - 206 - 37

125 - 105 -  254 -  275

79 709 239 129

Descompón en unidades:

35: _______________________ 467: _______________________

29: _______________________ 52: _______________________

130: _______________________ 106: _______________________

Compara usando <, > ó =:

29 5 U 340 3 C, 4 D

128 1 C, 1 D, 9 U 36 2 C

______________________________________________________________________

Ordena de mayor a menor:

320, 302, 203, 85, 12, 725, 129

_____________________________________________________________________

Opera:

34 + 22= _____________________ 73 + 20= _____________________

75 + 24= _____________________ 25 + 52= _____________________

67 + 31= _____________________ 13 + 65= _____________________

52 + 16= _____________________ 37 + 21= _____________________

Descompón en centenas, decenas y unidades:

125: _____________________ 436: _____________________

230: _____________________ 205: _____________________

Escribe los números:

6 C, 4 D, 3 U: _____________________

7 C, 2 D, 5 U: _____________________

Completa:

Se representa. Se escribe. Se lee.

Trescientos doce

5 C, 4 D, 2 U

Cuatrocientos siete

122

4 C, 3 D, 0 U